Relojes antiguos. Historia.
No es infrecuente encontrar relojes antiguos cuando nos encargan un servicio de vaciado de pisos. Desde las primeras mediciones del tiempo basadas en relojes solares, clepsidras y los relojes antiguos de arena, transcurrieron muchos años hasta alcanzar el reloj mecánico tal y como aún lo conocemos en la actualidad. Las clepsidras eran complicadas, incluso monumentales. Tenían numerosos engranajes. Los griegos construyeron también instrumentos complicadísimos para la medida del tiempo. Basta pensar en las esferas de Arquímedes.
Desde hace algunos años, estamos mejor informados sobre los instrumentos de astronomía utilizados por los griegos antiguos. Uno de estos instrumentos, encontrado en las aguas del Cerigotto en 1902, tenía más de veinte ruedas. Y numerosos discos concéntricos giratorios. Los estudios que se le han consagrado han resuelto muchos problemas. Otros en cambio —los de mecánica, por ejemplo— esperan todavía una respuesta satisfactoria.
Prescindiendo de estos gloriosos antepasados, no podemos decir quién fuera el inventor del reloj mecánico. Esto es, un rodaje movido por unas pesas y un escape. Se han contado en torno al inventor graciosas anécdotas que un examen crítico desmiente con facilidad. Alfonso el Sabio, rey de León y de Castilla, escribió en sus Libros del Saber de Astronomía.
Compuestos alrededor de 1270, presenta un capítulo sobre los relojes antiguos, en el que no se menciona el reloj mecánico. Pero, con palabras muy claras, expresa la opinión que tal reloj podría construirse con facilidad. Este rey inteligente y erudito debía conocer admirablemente todo cuanto se hizo en Europa en el campo de la mecánia.
Relojes mecánicos
Debemos aceptar, pues, de manera inconcusa, que en 1270 no existía aún el reloj mecánico. Sin embargo, será justo recordar que ya en el año 1090, el chino Su Sung había construido un reloj mecánico. En él, el agua hacía de fuerza motriz provisto de un ingenioso escape. El reloj tenía unos diez metros de altura y, entre otras cosas, hacía girar dos globos, uno celeste y otro terrestre. Es verdad que en muchas crónicas conventuales se encuentra la palabra “horologium”. Pero no indicaba un reloj mecánico sino una clepsidra o un reloj de sol.
La primera alusión a un verdadero reloj mecánico se encuentra en una crónica milanesa del año 1309. Su autor, Galvano Flamma, da cuenta de la construcción de un reloj en el campanario de San Eustorgio. Como sólo consagra unas pocas palabras a este acontecimiento, nos inclinamos a creer que se trataba de un reloj con dispositivo sonoro. Sin esfera. Esto parece extraño. Sin embargo, tenemos motivos fundados para creer que la comunicación auditiva de la hora fue anterior a la visual. Por lo demás, es notorio que Venecia poseía también un reloj con dispositivo sonoro.
Este tipo de relojes entra perfectamente en la evolución histórica. Mucho antes de la aparición de los relojes antiguos mecánicos, el vigía, siempre alerta en el campanario, daba las horas a mano. Golpeando la campana con el badajo. Con el invento de los relojes mecánicos, las horas sonaban sin intervención del hombre. Es un primer procedimiento automático, anuncio de los tiempos que vendrían.
También Dante habló de los relojes antiguos mecánicos. Sus palabras nos informan de manera inesperada sobre los relojes de su época. Puesto que habla de ellos como instrumentos conocidos en todo el mundo. Y sitúa su visión en el año 1300. Aún cuando los versos dedicados a los relojes antiguos fueran escritos entre 1312 y 1318. Teniendo en cuenta las diferentes fechas mencionadas, podemos afirmar que el reloj mecánico fue inventado después de 1270. Pero es extraño que ningún cronista mencione la aparición de un instrumento que revolucionó el ritmo de la vida civil.
Evolución del reloj mecánico
El reloj descrito por Dante era bastante pequeño. Funcionaba con pesas y volante. Como detalle interesante, la esfera era giratoria y tenía un despertador. Una característica de estos primeros relojes era la falta de platinas o de una caja. Todo el mecanismo estaba encerrado en un marco compuesto por cuatro planchetas. Las ruedas estaban colocadas unas sobre otras. Por las descripciones de Dante comprendemos también que el reloj tenía un objetivo determinado. El de señalar la hora de la oración. Se trataba, pues, de un despertador monástico como los muchos que se han encontrado y descrito estos últimos años.
Pero, ¿ quiénes los utilizaban principalmente? Esta pregunta parece ociosa, pero no lo es, puesto que había relojes antiguos de varias clases. Es conveniente, pues, enumerar algunos prototipos. El reloj monástico servía principalmente en los conventos para señalar la hora de la oración. Andando los años, derivó de él un despertador de tipo familiar. Pero eran únicamente los nobles y ricos comerciantes quienes podían procurarse uno.
Con el tiempo, la esfera giratoria fue reemplazada por una esfera fija. Ésta llevaba una aguja en el centro. Esta aguja fue llamada y lo es todavía a menudo esfera porque heredó el nombre de la esfera giratoria. Como la esfera del Sol, daba una vuelta en 24 horas.
El reloj público daba la hora a toda la ciudad. Por esto se le colocaba en una torre o en un campanario. Para poder ser oído, cuando no visto, por gran número de personas. Daba 24 horas y el cálculo de la hora empezaba alrededor de media hora después de la puesta del Sol. Esto es, en el momento en que terminaba un día y con la noche empezaba uno nuevo.
Esta manera de calcular —que sería óptima para una población situada en el Ecuador, donde tanto el día como la noche duran siempre 12 horas— trajo consigo la complicación consistente en desplazar periódicamente la aguja (ordinariamente cada 15 días), puesto que el sol se pone pronto en invierno y muy tarde en verano.
La medida del tiempo
Este sistema de medida del tiempo estuvo en uso hasta la Revolución francesa. Un ejemplo práctico, entre muchísimos de nuestra literatura antigua, demostrará la complicación del sistema. Boccaccio relata en uno de sus cuentos un hecho acaecido a las dos de la noche. Esto no quiere decir, como muchos podrían pensarlo, dos horas después de medianoche si no dos horas y media después de la puesta del sol. En verano, el hecho hubiera podido ocurrir a las diez y media de la noche. Y en invierno, a las seis y inedia de la tarde.
La Iglesia calculaba la hora de manera muy diferente. En primer lugar, las horas del día y las de la noche no eran iguales. La esfera estaba dividida en 24 horas, doce para el día y doce para la noche. Cae de su propio peso que las horas del día en verano eran más largas y las de la noche mucho más cortas.
Además las horas se indicaban de manera diferente. Para anunciar la primera hora del día, el reloj daba tres campanadas. Daba dos a la tercera hora (alrededor de las nueve), una campanada a la sexta hora y de nuevo dos a la novena, tres a la hora de vísperas y, por último, cuatro para la de completas. Si se tiene en cuenta que la sexta hora correspondía a nuestro mediodía, sorprenderá saber que a aquella hora, esto es, a las doce del día, el reloj sólo daba una campanada, el “tocco”, como se decía en italiano.
En el transcurso de los siglos esta expresión llegó a identificarse con la una después del mediodía. La expresión “hora sexta” sufrió también un desplazamiento semejante. Se puede imaginar uno con facilidad la confusión de la gente ante estas dos maneras absolutamente diferentes de indicar el tiempo. Las luchas entre los municipios libres y los obispos se extendieron también al campo de la cronometría. Por razones de prestigio, cada partido quería imponer su proprio sistema.
Primeros relojes mecánicos
El reloj mecánico que se difundió con rapidez, se convirtió en un poderoso aliado de los municipios. Puede decirse que a fines del siglo XIV, la única hora admitida en la vida civil era la que dividía el día en 24 horas iguales, a partir de la puesta del Sol.
No extrañaría si, tarde o temprano, al descubrir un antiguo reloj mecánico de principios del siglo XIV, se llegara a la convicción de que en realidad fue concebido como un instrumento astronómico y no para medir el tiempo. Basta recordar que la esfera, al girar, podía indicar, mediante pequeñas modificaciones, la posición del Sol en cada momento del día.
El deseo de reproducir el movimiento de los cuerpos celestes es innato en el hombre. Y Arquímedes no fue ciertamente el único que construyera esferas celestes. Este deseo condujo a los constructores de relojes antiguos públicos a dotar a sus obras de mecanismos complicados.
El primer reloj público con los movimientos del Sol y de la Luna fue construido en 1344. En Padua, por Jacopo de Dondi, profesor de medicina y filosofía de la Universidad de aquella ciudad. Por su obra, recibió un título de nobleza con el nombre “dell’Orologio”. Su hijo Juan superó con mucho en ingenio, a su padre. En 1364, construyó un reloj extraordinario. Además de la esfera de las horas, tenía otras siete esferas más. Una para cada uno de los planetas entonces conocidos. Por añadidura, indicaba las posiciones del Sol y de la Luna, útiles para el cálculo de los eclipses. Indicaba también los días de todo el año.
Más tarde, le agregó incluso un calendario de las fiestas móviles, basado en el principio de la calculadora automática. Para ejecutar este sorprendente instrumento, que reproducía con todos los detalles el movimiento irregular de los planetas, utilizó ruedas con dientes interiores, otras de forma elíptica o con dientes más o menos apretados, cadenas articuladas, transmisiones intermitentes, dientes helicoidales. Todo ello, absolutamente nuevo para la época.
En efecto, transcurrieron doscientos años antes que otros genios de la mecánica intentaran, sin superarla, semejante empresa. El “Astrario” fue descrito minuciosamente por el autor en un manuscrito publicado por la Biblioteca Vaticana. Hace algunos años, se hizo en Inglaterra una reconstrucción del “Astrario”, hoy día expuesto en la Smithsonian Institution de Washington. La reconstitución hecha en Italia se apartó del original en muchos puntos.
Dondi, guiado por su intuición, encontró soluciones geniales y construyó mecanismos sorprendentes muchos siglos antes de que fueran descubiertos de nuevo por otros. Dondi es en la técnica lo que Dante en las letras.
Relojes antiguos públicos
Cada ciudad deseaba tener uno que fuera representativo. Así, pues, entre los diversos centros urbanos de la Italia septentrional, se desencadenó una auténtica competición que continuó hasta el siglo XVII aproximadamente. Los relojes empiezan entonces a tener autómatas. En un principio eran sencillamente figuras que daban las horas. Alusión evidente a los antiguos vigías que golpeaban las campanas a mano. A estos personajes los franceses los llaman “Jaquemarts”. Pero todavía no ha podido darse una explicación definitiva de la palabra.
En Italia, son llamados alguna vez “Moros”. Este nombre alude, tal vez inconscientemente, a su origen oriental. Además de las figuras que daban las horas se añadieron otros personajes. Cortejos de santos, por ejemplo, que obsequiaban a la Virgen María. Después vinieron ángeles que en determinados momentos desfilaban tocando la trompeta.
También las esferas se hicieron más complicadas. Indicaban el movimiento del Sol y de la Luna y, a veces, un complicado planetario o indicaciones astrológicas. Se pusieron a contribución tesoros de ingenio para dar cumplimiento a los soberbios encargos de las ciudades. Pero, desgraciadamente, la mayor parte de estos relojes antiguos fue destruida. Bien por incomprensión, o por la imposibilidad de encontrar personas capaces de regular mecanismos tan complicados.
Es interesante también seguir la evolución del reloj de pesas de pequeño volumen. En las casas de las personas acomodadas se convirtió en parte integrante del mobiliario. Tenía su puesto fijo en la pared. El marco fue abandonado por la caja -llamada también jaula-, formada por cuatro pilares, en los ángulos, a menudo finamente dibujados y ornamentados, y por dos planchas, una arriba y otra abajo. Hasta mediados del siglo XVII, la esfera, que era fija, llevaba una sola aguja, salvo raras excepciones.
Esfera de doce horas
Poco a poco, la esfera de 24 horas iba siendo reemplazada por la de 12. Eran muy frecuentes el despertador y el dispositivo sonoro. Cuando se observó que el desgaste de las ruedas y de los ejes se debía principalmente al polvo, se encerró el reloj en una caja de metal.
Estudiando el desarrollo del reloj a grandes rasgos, no cambió mucho en 150 años de existencia. La primera gran revolución técnica está ligada a la introducción del muelle. Entonces, pudo separarse el reloj de la pared, sin que por ello dejara de funcionar en cualquier posición. Los primeros muelles eran, probablemente, largos, lineales y no planos, y “tiraban de la cuerda” como si estuviera atada a una pesa.
Teniendo en cuenta su forma, puede decirse que sólo era posible utilizarlos en un tubo. Se conserva la descripción bastante detallada de un reloj de este tipo. Pero no sabemos si se trata de una pieza única o de una etapa de la evolución.
Los primeros relojes antiguos de muelle plano fueron construidos hacia 1515. Mientras que en los relojes de pesas la fuerza motriz era prácticamente constante, en los relojes de muelle obraba de manera variable. Una vez que se había dado toda la cuerda, el muelle ejercía la tensión máxima. Al aflojarse la tensión disminuía gradualmente hasta el agotamiento completo. Por eso era necesario encontrar dispositivos que corrigieran el defecto.
En un principio se intentó conseguir una compensación aplicando sobre una rueda movida por el eje del cubo una pieza de corte helicoidal. Contra la que presionaba un muelle muy resistente. Cuando el reloj tenía toda la cuerda, el muelle ejercía la presión máxima. Poco a poco la presión iba disminuyendo progresivamente. Se pensó en dar otras formas a la pieza helicoidal, pero el sistema no daba buenos resultados.
Cadenas
En algunos países se adoptó un sistema mucho más eficaz. Se montó una nueva pieza, llamada conoideohuso, junto al cubo y unida a él con una “cuerda” de tripa. Reemplazada más tarde por una cadena. Una vez que el muelle tenía la tensión máxima, la cuerda tiraba del huso por la parte de arriba. A medida que se aflojaba el muelle la cuerda tiraba por la parte de abajo. Era un invento perspicaz que utilizaba de manera ingeniosa la ley de la palanca. El invento del muelle se extendió rápidamente por todos los países civilizados. Gracias a él pudo transformarse el aspecto exterior del reloj.
La antigua forma cuadrangular se hizo más esbelta. Se le añadió una base sostenida por cuatro patitas y adornada con molduras. En lo alto, se le puso una cúpula. La esfera indica habitualmente las 12 horas en números romanos. A veces, se añaden arriba o abajo en cifras árabes las horas desde las 13 hasta las 24. El reloj adquiere así el aspecto de una torre.
Se le añadió después otra esfera para los cuartos. El deseo de tener un reloj sobre la mesa incitó a los relojeros a construir otros con la esfera hacia arriba. Estos eran de ordinario octagonales, hexagonales e incluso cuadrados y estuvieron de moda más de un siglo.
Naturalmente, andando los años siguiendo la moda y el ejemplo de las demás artes, se hicieron más ricos, más vistosos y. de simple instrumento de medida, se transformaron en objetos ornamentales de gran opulencia. Se construyeron también redondos, utilitarios diríamos, cada vez más bajos. Hasta llegar a la forma de un tambor. Su nombre, “tamboril”, recuerda esa forma.
El muelle que, como se ha dicho, había sido colocado en un cubo, permitió se
construyeran relojes cada vez más pequeños. Hasta aparecer el reloj de bolsilllo. Varias naciones se disputaron el honor de haberlo descubierto. En primer lugar, Alemania, la cual erigió no menos de tres monumentos a la memoria del supuesto inventor. Sin embargo, mucho antes de 1509 —año en que se supone fue inventado— existen documentos relativos a la existencia de dichos relojes antiguos.
Relojes antiguos tamboriles
Volvamos ahora a los “tamboriles”. En un principio no tenían protección para la esfera que se hallaba colocada en sentido horizontal. Aunque relativamente pequeños y manejables, estos relojes se paraban fácilmente cuando se llevaban en el bolsillo. Porque la aguja tocaba el cuero o se enganchaba en la tela.
En el siglo XVI no se ponía el reloj “de bolsillo” en una escarcela o en el bolsillo del chaleco, sino que iba a parar a una gran bolsa de cuero que los hombres llevaban sujeta a la cintura. Otras veces, el reloj se llevaba pendiente del cuello. No podía ser de otra manera ya que un “tamboril” pesaba entonces más de un cuarto de kilo.
Estos “tamboriles” tenían en las extremidades del cilindro unos marcos, en forma de orla, cuya función era meramente estética. Cuando, para proteger las agujas, se pensó en colocar una tapa, la parte superior del cilindro permaneció lisa para poder adaptar en ella la tapa antes de meter el reloj en la bolsa. Se dio un paso más con la tapa de charnela, agujereada en los sitios correspondientes a las horas. De esta manera, y con el rebaje lento pero progresivo de las partes cilíndricas y la adaptación de un perfil curvo, se llegó, hacia finales del siglo XVII, a la forma que preludió al verdadero reloj de bolsillo.
Junto a esta transformación hubo otra: Se quiso que el “tamboril” sirviese también de despertador. Para lograrlo, se pensó crear un pequeño trípode que pudiera ajustarse con facilidad a la orla del reloj. El trípode llevaba un despertador que empezaba a sonar cuando la aguja del reloj empujaba una palanquita.
En los siglos XVI y XVII, los relojeros, en colaboración con un ejército de artistas especializados: orfebres, esmaltadores, grabadores, constructores de cajas, crearon espléndidos ejemplares de relojes antiguos en forma de cruz, de estrella, de esfera, de flor, de fruto, de calavera. Durante cierto tiempo estuvo de moda la forma elíptica. Este tipo de reloj dio lugar a un quid pro quo, que se ha perpetuado a través de los siglos, y que todavía se resiste a desaparecer.
La máquina del reloj seguía siendo la que hemos descrito más arriba, pero el tamaño reducido exigía un trabajo mucho más esmerado.
Aspecto decorativo
Si se cogen relojes antiguos realizados alrededor de 1600, queda uno maravillado ante su suprema belleza. Tanto los materiales empleados como el trabajo revelan un gusto perfecto. Se utilizaba el cristal de roca para hacer toda la caja o para proteger sólo la esfera, a veces grabada, a veces también esmaltada. El metal de la caja se doraba casi siempre al fuego. No eran raras las indicaciones de las fases lunares, particularmente útiles en una época en que las calles no estaban alumbradas.
Muchos relojes tenían agujeros en la caja debido a que llevaban un dispositivo sonoro para tocar las horas; no se trataba, pues, de un capricho del artista, sino de la necesidad de dejar pasar el sonido. Cuando se volvía el reloj para darle cuerda, —se utilizaba una llave de manivela— quedaba uno sorprendido de nuevo: la placa que protegía el mecanismo estaba también trabajada con una extrema delicadeza.
Es triste tener que decirlo, pero nuestra pobreza crónica ha sido causa de la destrucción de miles y miles de espléndidos relojes. Ya fuese porque se necesitaba el metal, o por sacar algunas monedas de un objeto que ya no servía, pero a veces también por la simple manía de destruir, el caso es que fueron destruidos casi todos los relojes del Renacimiento. Sin embargo, algunos ejemplares han escapado a la destrucción y muestran su insólita belleza en algún museo o colección particular.
Hacia mediados del siglo XVII, un invento que hoy nos parece elemental revolucionó la máquina de los relojes de pesas y de los grandes relojes antiguos de chimenea: la aplicación del péndulo. Galileo, observando en la catedral de Pisa las oscilaciones de un gran lampadario, pensó en un isocronismo posible, y, estudiando el problema, no sólo encontró las leyes del péndulo, sino que, basándose en ellas, construyó en 1637 un “contador del tiempo”.
Comunicó su descubrimiento a los Estados Generales de Holanda, cuyo secretario era entonces Constantin Huygens, padre del célebre físico. El aparato era perfecto para el control de las experiencias de corta duración, pero no podía utilizarse como reloj, porque para poner en marcha el péndulo y mantenerlo en movimiento se necesitaban pequeños impulsos de la mano.
Sin embargo, en 1641, Galileo, viejo ya y ciego, expuso a su hijo Vicenzo el proyecto de un reloj de péndulo. Vicenzo se puso a construirlo pero, recordando la absurda condenación de su padre y temiendo disgustos, escondió su obra y, finalmente, la destruyó.
Relojes de péndulo
Entre tanto, el relojero Camerini, de Torino, construyó en 1656 el primer reloj de péndulo conocido. Actualmente se encuentra en el Science Museum, de Londres. Este reloj tenía el péndulo unido al eje de las paletas. Cuando, en 1658, Christiaan Huygens anunció que había logrado aplicar el péndulo al reloj, se elevaron en Italia voces de sorpresa y de protesta. La más autorizada era, ciertamente, la de Vicenzo Viviani, el discípulo predilecto de Galileo, el cual envió a Holanda un esbozo del reloj imaginado por el maestro.
El esbozo, conservado hoy en Leyden, es una muestra de la intuición genial de Galileo, pues el péndulo oscila libremente y posee un escape en reposo, el cual no fue descubierto de nuevo sino un siglo más tarde. Sin embargo, no ha de creerse que Huygens fuera un plagiario pues suyo es el mérito de haber obtenido, por medio de guias cicloidales, el isocronismo perfecto, tanto si las oscilaciones son de pequeña o de gran amplitud.
Los relojeros adoptaron inmediatamente el invento y, obligados por el gran número de pedidos, crearon nuevas formas, imaginaron nuevos mecanismos. No sólo los poderosos de la tierra, sino también la burguesía deseaba tener en casa este instrumento. El problema que más preocupaba a los relojeros era el de hacer más legibles las cifras de las horas durante la noche.
En los siglos pasados, se colocaba el reloj junto a la cama y, cuando se quería saber la hora, se pasaba el dedo por la esfera, pues sobre cada hora había marcado un punto de relieve. Sólo sobre las XII había o dos puntos o un punto de mayor relieve. Bastaba, pues, contar los puntos hasta tocar la aguja, para saber la hora. El sistema no daba satisfacción y se buscaron otras soluciones.
Relojes de sobremesa
Hacia 1670, el florentino Nicoló Rosso pensó en poner un sistema de lentes delante de una esferita secundaria con las horas caladas y una lamparita de aceite las proyectaba contra la pared. El invento, y de seguro también su habilidad de mecánico, le valieron e! nombramiento de relojero de la corte de los Médici. Entre tanto, los relojes antiguos de sobremesa habían cambiado también de aspecto exterior. Para la caja no se utilizó ya el metal sino el ébano o madera pintada de negro. Giovanni Filippo Trefíler, de Augusta, relojero durante muchos años de la corte de Florencia, creó muy bellas cajas.
Pero las más interesantes salieron de las manos de los tres hermanos Campani, de Spoleto, el más joven de los cuales, Giuseppe, parece haber sido de ingenio más despierto. Durante una audiencia oyó decir que el Papa Alejandro Vil no podía dormir a causa del ruido que hacía el escape; volvió a casa y, prueba que te prueba, se presentó poco tiempo después ante el Papa con un reloj “mudo”. Sus primeros relojes de este tipo no duraron mucho tiempo porque el mercurio utilizado para frenar el movimiento corroía los metales.
Un poco más tarde, lanzó otro tipo de reloj en el que el péndulo unido a una manivela, funcionaba de freno. Sus relojes antiguos y los de sus hermanos tenían un aspecto austero y parecían pequeños altares; por delante tenían pintado en cobre un tema sagrado o mitológico. En la parte superior había una abertura en forma de segmento, ante la cual pasaban las horas. Durante la noche se podían ver las horas gracias a una lamparita que se hallaba colocada en el interior de la caja.
Este tipo de reloj nocturno tuvo un éxito inmenso y hasta finales del siglo XVIII fue muy imitado en muchos países. A medida que pasaban los años, el aspecto exterior se iba haciendo menos austero y la caja perdió su rigidez; para decorarla, se recurría cada vez más al bronce dorado. Así, poco a poco, se llegó a un tipo de reloj, tan diverso por sus formas pero siempre el mismo en las líneas generales, conocido con el nombre de péndulo romano.
Reloj astronómico
El canónigo Giulio Fracassini construyó, hacia finales del siglo XVIII, un reloj astronómico que tenía diez pequeñas esferas secundarias. Giovani Battista Rodella (1749-1834) construyó relojes astronómicos de gran precisión, e incluso uno que tomaba cuerda automáticamente por la acción del viento. Muchos sacerdotes de la época consagraban el tiempo libre al estudio de los problemas de la cronometría y a la construcción de relojes antiguos. Otros países desarrollaron también la construcción de relojes de sobremesa, y sobre iodo de chimenea, los cuales eran más de su gusto.
En Holanda tenían un aspecto austero; la caja era de madera negra, sin adornos; el fondo, sobre el que descansaba el anillo de las horas, era de terciopelo y sólo después del siglo XVIII fue reemplazado por un fondo de metal, con serafines alados en los ángulos. Inglaterra prefirió cajas de aspecto aristocrático, con sobrios adornos de metal, cerradas por la parte superior —para proteger y ocultar las campanas— con una tapa perfilada y plana que llevaba un asa resistente.
Esta nación logró conquistar en el siglo XVIII la supremacía absoluta en la fabricación de relojes antiguos de pequeño y mediano calibre. El impulso fue dado por Thomas Tompion (1639-1713), creador incomparable de máquinas perfectísirnas de reloj. El mérito de este gran maestro consiste en la claridad de la idea y la ejecución esmerada. Su discípulo y continuador, George Graham (1673-1751), inventó el escape de cilindro y la compensación del péndulo. Muchos relojes antiguos llevan al mismo tiempo su firma y la del maestro.
Daniel Quare (1649-1724) construyó numerosos relojes de pequeño tamaño, provistos de ordinario con dispositivo de repetición, y también relojes antiguos grandes, algunos de los cuales con cuerda para un año. Otro gran maestro fue John Harrison (1693-1776), inventor de! péndulo autocompensado y creador de los primeros cronómetros de marina, con los que ganó el premio de 20.000 libras otorgado por e! Gobierno inglés al reloj cuya precisión permitiera calcular longitudes durante la navegación por el mar.
Relojes antiguos y su evolución
En Francia, el arte relojero tuvo un desarrollo particular, relacionado directamente con la evolución del gusto decorativo peculiar de este país. Se da, pues, más importancia a las formas que a la máquina del reloj. En un principio, la caja francesa podía compararse, en sus líneas esenciales, a las cajas inglesas, pero muy pronto, la riqueza de la ornamentación llegó a ser lo más importante y tanto la esfera como la máquina terminaron por no ser más que un pretexto para dar rienda suelta a la fantasía de los decoradores.
Boulle se distinguió sobre todo por sus preciosas incrustaciones (plata, bronce, cobre, concha etc.) creando ejemplares de suntuosidad jamás superada. El italiano Giacomo Caffieri (1678-1755) pasó toda su vida en Francia y esculpió para el rey y los nobles espléndidas cajas de reloj muy buscadas. Fueron grandes relojeros Thuret, Lépine, Berthoud —que fue igualmente un gran teórico— Le Roy. Otras naciones produjeron hermosos relojes de péndula, algunos de los cuales tenían mecanismos muy complicados.
El reloj “para llevar consigo” pasó también por una revolución. En 1674, el físico holandés Christiaan Huygens, encargó al relojero parisino Isaac Thuret que aplicara la espiral al volante. Este perfeccionamiento dio un impulso decisivo a la relojería, puesto que aumentaba singularmente la regularidad del movimiento. En Italia, no pudo desarrollarse la fabricación de relojes antiguos pequeños. La incomprensión de las autoridades más bien que la competencia suiza, francesa o inglesa impidió el nacimiento de esta industria.
Otras naciones como Francia, Inglaterra y, más tarde Suiza y Alemania, aparecieron en la escena de la historia con una producción exuberante debida a la industrialización y a estudios profundos del mercado mundial. Esta abundante producción es digna de toda nuestra consideración, porque representa uno de los numerosos episodios característicos de la historia de la relojería.
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